Educación Emocional Artículo

Con quien aprendemos en el mundo digital

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  1. Nuevas oportunidades para aprender y nuevas fracturas digitales

Vivimos en el momento de la historia que es más fácil aprender casi cualquier cosa: hacer una receta de cocina, tocar un instrumento musical, hablar un idioma… En buena parte es gracias a la tecnología que nos ayuda a acceder a informaciones diversas (en múltiples lenguas, lenguajes y plataformas), construir conocimiento y compartirlo con el resto del mundo. Y no aprendemos solos. Las tecnologías sociales están cada vez más presentes en nuestra sociedad. Nos ofrecen nuevas posibilidades en cuanto a la manera de vivir el aprendizaje, la comunicación y la cultura.

Cada avance tecnológico que tenemos a nuestro alcance nos ofrece nuevas oportunidades a la vez que genera una nueva cultura a su alrededor. Las aplicaciones, los programas informáticos y su creciente accesibilidad hacen posible lo que hace un tiempo era el sueño de muchos educadores: facilitar la personalización de los aprendizajes y desarrollarlos a la vez de forma social y en red. También los colectivos con dificultades físicas o intelectuales tienen ahora más oportunidades para conectarse y aprender juntos.

La educación digital implica desarrollar las competencias para poder escoger desde el conocimiento, cómo queremos vivir la cultura y ejercer la ciudadanía digital. Sin embargo, existentres brechas que contrarrestar, sobre todo en los grupos sociales más vulnerables: la de acceso (tener al alcance algún dispositivo: móvil, tableta, ordenador…), la de competencias para el uso(saber utilizar aplicaciones y gestionar contenidos) y la de propósito de uso (con finalidad, soberanía y ética) del mundo digital. Normalmente nos fijamos más en la primera porque es la más visible, pero abordarla por sí sola no garantiza nuestro derecho a una buena educación digital.

 

  1. Aprendemos con la educación digital

La educación digital, también en formato híbrido presencial-virtual, se lleva a cabo en buena parte en las escuelas y en los institutos para ayudar al alumnado a desarrollarse en la sociedad actual. Esta sociedad no es en la que crecimos los adultos. Hoy en día tenemos un nuevo ecosistema comunicativo, relacional y cognitivo. Pero no se trata de escoger entre los libros y las pantallas, ahora podemos educar para sacar lo mejor de los libros, de las pantallas y de la nueva cultura resultante de su interacción. El docente tiene que conocer y estar familiarizado con estos medios y la mejor forma para hacerlo es utilizándolos para compartir experiencias, recursos y proyectos para aprender.

Ante la posibilidad de acceder a la información casi en todo momento desde cualquier lugar, tenemos que desarrollar nuestra capacidad crítica para convertirnos en ciudadanos activos y responsables, no solo en consumidores de la información y otros productos. Es necesario trabajar el trato de la información y la competencia comunicativa para entender y hacer explícitos los intereses ideológicos, políticos y económicos que están implícitos en los mensajes que emitimos y recibimos. Al mismo tiempo, tenemos que conocer cómo gestionar la privacidad (saber qué compartimos); la seguridad (para evitar y afrontar situaciones de riesgo); y ser críticos con la información, conociendo sus valores culturales y consumistas.

El alumnado tiene que ser capaz de aprender a pensar en el contexto actual y actuar en consecuencia. El medio digital es muy rico, pero es necesaria la educación  para encarar elementos tan diversos como las fake news, el ciberacoso, la identidad digital, los discursos de odio, las emociones en las redes sociales, la sostenibilidad, la soberanía de los datos, los sesgos de los algoritmos… Y sabemos que este entorno será cada vez más complejo con el desarrollo de la computación cuántica, el blockchain, la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, los metaversos o determinados mecanismos de control social en plataformas inmersas en la economía de la atención y de vigilancia.

Muchos jóvenes han sido protagonistas de la educación digital enseñando a sus familiares cómo usar herramientas comunicativas como las videollamadas Durante la pandemia de la covid hemos podido ver cómo las herramientas digitales han servido para mantener vínculos y acompañar emocionalmente ante situaciones de incertidumbre, ansiedad y dolor. Muchos menores han visto a sus madres y padres trabajar y los progenitores han visto a sus hijos e hijas aprender de una manera diferente: mediante aprendizaje activo, nuevas interfaces, portafolios digitales, metodologías colaborativas, entornos virtuales… La educación remota de emergencia no se ha dado en un escenario ni mucho menos ideal, pero parece claro que, a partir de ahora, tendremos que convivir con un sistema híbrido.

  1. Aprendemos en el entorno familiar

Consumir contenidos no es sinónimo de conocer y aprovechar de manera competente las herramientas que tenemos a nuestra disposición. De hecho, tenemos que ayudar a las familias a educarse intergeneracionalmente, unos a otros, con naturalidad y conocimiento. Los usos, los hábitos y los valores dentro delentorno familiar, que normalmente es el lugar donde pasamos más horas, son clave. Cada vez es más necesaria una visión global centrada en el proceso de educación y acompañamiento, y no tanto focalizada en un dispositivo o una edad concreta. También hay que tener presente la dificultad de conciliar horarios, ya que es imposible anticipar todo y  hay que aprender a  hacer frente a los imprevistos que nos encontraremos en el día a día. Es clave educar en temas vinculados a la conectividad  y aprender a desconectarnos cuando conviene en una sociedad cada vez más digitalizada.

Ante este escenario donde todo está conectado, el principal reto que tenemos encima de la mesa es la alfabetización digital crítica de las familias. Este no es fácil de abordar ya que el entorno digital cambia constantemente y porque, a pesar de que hay buenas iniciativas, no hay consenso de quién las tiene que liderar o quién las tiene que llevar a cabo. La alfabetización digital de las familias es muy importante al menos por tres motivos: para empoderar a las familias ante los nuevos medios digitales, para que ayuden a los jóvenes a construir criterios desde el conocimiento y para  demandar a empresas e instituciones que favorezcan los  usos éticos, informados y transparentes.

Las familias son diversas. Algunas entienden su responsabilidad  y se preocupan por informarse sobre estas cuestiones. Hacen un seguimiento periódico de los contenidos consultados o las actividades realizadas en internet. Buscan espacios, actividades y tiempos alternativos libres de tecnología, respetando las comidas y las horas de sueño. Otras se van a otro extremo,  gestionando los deberes escolares de los hijos sin darse cuenta que los pueden estar sobreprotegiendo. Algunas familias piden fórmulas milagrosas para que esta gestión no les lleve mucho trabajo. Algunos progenitores optan por la prohibición por miedo a los peligros. Otros, por inhibición, prefieren no mirar. Es aún más complicado generar espacios de desconexión y conexión focalizada consciente, cuando hay familias desestructuradas y los criterios de uso de las tecnologías no están consensuados.

Ni prohibir, ni permitirlo todo, la opción correcta, como siempre, es educar. ¿Cómo lo podemos hacer? Compartiendo experiencias entre mayores y menores para desarrollar criterio. Acompañarlos para evitar que sean huérfanos digitales que si bien saben utilizar las herramientas no comprenden las implicaciones que comportan. Construir una dieta digital saludable con normas pensadas , para poder ser pactadas y revisadas regularmente. Trabajar desde pequeños la autonomía y la responsabilidad con el acceso a internet, las redes sociales, las tabletas táctiles o los móviles. Si hace falta, con la ayuda de  herramientas que nos puedan ayudar como filtros y control parental, aunque el mejor seguimiento siempre será el que puedan ejercer las personas.

  1. Aprendemos en el entorno familiar

Consumir contenidos no es sinónimo de conocer y aprovechar de manera competente las herramientas que tenemos a nuestra disposición. De hecho, tenemos que ayudar a las familias a educarse intergeneracionalmente, unos a otros, con naturalidad y conocimiento. Los usos, los hábitos y los valores dentro delentorno familiar, que normalmente es el lugar donde pasamos más horas, son clave. Cada vez es más necesaria una visión global centrada en el proceso de educación y acompañamiento, y no tanto focalizada en un dispositivo o una edad concreta. También hay que tener presente la dificultad de conciliar horarios, ya que es imposible anticipar todo y  hay que aprender a  hacer frente a los imprevistos que nos encontraremos en el día a día. Es clave educar en temas vinculados a la conectividad  y aprender a desconectarnos cuando conviene en una sociedad cada vez más digitalizada.

Ante este escenario donde todo está conectado, el principal reto que tenemos encima de la mesa es la alfabetización digital crítica de las familias. Este no es fácil de abordar ya que el entorno digital cambia constantemente y porque, a pesar de que hay buenas iniciativas, no hay consenso de quién las tiene que liderar o quién las tiene que llevar a cabo. La alfabetización digital de las familias es muy importante al menos por tres motivos: para empoderar a las familias ante los nuevos medios digitales, para que ayuden a los jóvenes a construir criterios desde el conocimiento y para  demandar a empresas e instituciones que favorezcan los  usos éticos, informados y transparentes.

Las familias son diversas. Algunas entienden su responsabilidad  y se preocupan por informarse sobre estas cuestiones. Hacen un seguimiento periódico de los contenidos consultados o las actividades realizadas en internet. Buscan espacios, actividades y tiempos alternativos libres de tecnología, respetando las comidas y las horas de sueño. Otras se van a otro extremo,  gestionando los deberes escolares de los hijos sin darse cuenta que los pueden estar sobreprotegiendo. Algunas familias piden fórmulas milagrosas para que esta gestión no les lleve mucho trabajo. Algunos progenitores optan por la prohibición por miedo a los peligros. Otros, por inhibición, prefieren no mirar. Es aún más complicado generar espacios de desconexión y conexión focalizada consciente, cuando hay familias desestructuradas y los criterios de uso de las tecnologías no están consensuados.

Ni prohibir, ni permitirlo todo, la opción correcta, como siempre, es educar. ¿Cómo lo podemos hacer? Compartiendo experiencias entre mayores y menores para desarrollar criterio. Acompañarlos para evitar que sean huérfanos digitales que si bien saben utilizar las herramientas no comprenden las implicaciones que comportan. Construir una dieta digital saludable con normas pensadas , para poder ser pactadas y revisadas regularmente. Trabajar desde pequeños la autonomía y la responsabilidad con el acceso a internet, las redes sociales, las tabletas táctiles o los móviles. Si hace falta, con la ayuda de  herramientas que nos puedan ayudar como filtros y control parental, aunque el mejor seguimiento siempre será el que puedan ejercer las personas.

  1. Aprendemos con nuestros iguales

La humanidad está más conectada que nunca. Digitalizamos muchas de nuestras actividades cotidianas como comunicarnos, leer, escribir, viajar, jugar, aprender… En concreto, muchos jóvenes usan el entorno digital para buscar novedades, desarrollar su creatividad, vivir emocionalmente, implicarse socialmente, experimentar y construir su identidad… Así pues, es normal, y más en tiempo de pandemia, que quieran usar internet para socializar con personas de su edad.

Pueden aprovechar que la sociedad está cada vez más articulada en red para aprender los unos de los otros. Pueden conocer personas que los ayudarán a integrar nuevas oportunidades formativas, al igual que los adultos que articulan redes de intereses donde colaboran para construir conocimiento. Tienen que conocer no solo como estar presentes en estos espacios virtuales sino como configurarlos para generar escenarios de aprendizaje significativo.

¿Cómo saber dónde están y qué están haciendo? Más que controlar (cosa que sería imposible) la mejor manera es hablar, ser cercanos y aplicar los elementos que sean posibles de la siguiente fórmula (ver cuadro). Si trabajamos con  estos elementos, que de hecho, son bien poco tecnológicos, es más probable que tengamos éxito. Pero es cierto que no hay ninguna garantía, porque para educar no existen fórmulas mágicas.

  1. Aprendemos junto a toda la sociedad

Cuando surgen dificultades con los jóvenes, es fácil buscar las causas en factores externos: internet, el móvil o las redes sociales… pero a veces los malos usos de estas herramientas, son síntomas de que algo más allá no va bien. A menudo hay correlaciones, como que los que están más solos las usan más, cuando el aumento de uso es justamente por la soledad que están experimentando .. Pero también tenemos que saber que las tecnologías no son neutras como se suele decir,  sino que su propio diseño está hecho para influenciar en procesos, la manera de pensarlos y cómo nos sentimos. Por eso, debemos educarnos en ese entorno e involucrar activamente a todos los agentes sociales implicados.

Los educadores siempre decimos que “educa la tribu” cuando queremos poner en valor la importancia que tenemos todas las personas, y enfatizar que educamos todos los actores de la sociedad, no solo los agentes específicamente educativos. Esto incluye los medios de comunicación, las empresas privadas y las instituciones públicas. Todo el mundo tiene responsabilidad a la hora de tejer un nuevo consenso social que repiense cómo queremos que sea nuestra relación con las tecnologías y así definir cómo queremos que sea en nuestro universo digital.

Para recorrer este camino, con la socióloga Liliana Arroyo hemos desarrollado el Manifiesto por una nueva cultura digital https://manifestoculturadigital.wordpress.com/ . Queremos que sea de ayuda para tomar conciencia de cómo los continuos adelantos tecnológicos nos afectan en ámbitos tan dispares como la política, la salud o la economía. Estos cambios suponen una gran oportunidad para diseñar una nueva cultura digital que permita desarrollar una sociedad mejor. Para ello, necesitamos reflexionar, compartir y conectar personas y entidades que nos permitan actuar desde un posicionamiento ético, pensante e informado.

Autor

Jordi Jubany i Vila

Docente y Antropólogo. Formador y asesor en competencia, cultura y ciudadanía digital. Autor de “Hiperconectados? Educarnos en un mundo digital” (Lectio, 2018) y “Aprendizaje Social y Personalizado” (Universitat Oberta de Catalunya, 2012). Colabora con instituciones, universidades y medios de comunicación de distintos países. Coautor del Manifiesto por una Nueva Cultura Digital.
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