Aunque el término “ciencia ciudadana” se usa cada vez más en los medios dominantes en todo el mundo, ha ingresado en los discursos de políticas científicas nacionales y regionales (sobre todo en el Norte Global) y se ha establecido en la lengua inglesa (ingresó al diccionario Oxford en 2014), aún no existe consenso sobre su definición. La ciencia ciudadana, tal como refiere Irwin (2015), “está abierta a varias definiciones, y posee más de una vertiente”. Es una etiqueta de “naturaleza polimórfica” (Strasser y Haklay 2018) que se está aplicando a una infinidad de proyectos heterogéneos desarrollados por universidades, escuelas, agencias gubernamentales, corporaciones, ONGs y comunidades de todo el mundo.
La creciente popularidad de la ciencia ciudadana, y el aumento de una pluralidad de prácticas asociadas a ésta, está directamente relacionada con cuestiones e inquietudes contemporáneas sobre el lugar que deben ocupar (poder) el conocimiento y la expertise en la sociedad, la gobernanza democrática y la participación, y sobre la coproducción de ciencia y orden social (Irwin 2015; Strasser y Haklay 2018; Strassel et al. 2018; Kenens et al. 2020).
Entender la ciencia ciudadana como un fenómeno heterogéneo que incluye distintas investigaciones y actividades de construcción de significados y producción de conocimiento desarrolladas por todo tipo de personas (científicos, amateurs, ciudadanos, expertos, comunidades) requiere que reconozcamos sus múltiples variantes. En la última década, investigadores desarrollaron tipologías para conceptualizar y categorizar las distintas iniciativas calificadas (por ellos mismos o por otros) como proyectos de ciencia ciudadana. Dado que la participación ciudadana es esencial en las prácticas de ciencia ciudadana, varias tipologías se han centrado en clasificar los proyectos de acuerdo a la distribución de poder entre participantes (Bonney et al. 2009, Shirk et al. 2012., Haklay 2013, Strasser et al. 2018). Esta clase de tipología considera el grado de control que tienen sobre sus prácticas quienes participan, e incluye la definición de objetivos (preguntas de investigación y definición de los problemas) y los resultados del proyecto (intervenciones en el sistema socio-ecológico; quién lidera la producción de conocimiento). Desde iniciativas descendentes impulsadas por universidades, hasta proyectos ascendentes iniciados por comunidades de base, los investigadores (Bonney et al. 2009, Shirk et al. 2012., Haklay 2013, Strasser et al. 2018) han identificado una gran variedad de proyectos de ciencia ciudadana que incluye categorías que van desde niveles bajos de participación y autonomía de personas no profesionales a niveles intermedios y altos de participación y control de personas no expertas sobre esas iniciativas.
Otra tipología se basa en categorizar las iniciativas de ciencia ciudadana según el tipo de actividades desarrolladas por sus participantes, sin tomar en cuenta cuestiones de poder y niveles de participación. Por ejemplo, Wiggins y Crowston (2011) proponen clasificar los proyectos según sean actividades de acción, conservación, investigación, educación y de proyectos virtuales.
Recientemente, un grupo de especialistas propuso una tipología basada en cinco actividades epistémicas desarrolladas por participantes de ciencia ciudadana: “cómputo”, “detección”, “automonitoreo”, “análisis” y “fabricación” (Strasser y Haklay 2018; Strasser et al. 2018). Al centrarse en prácticas epistémicas, esta clase de tipología permite a quienes investigan considerar una variedad más plural de proyectos e iniciativas, aun aquellas que no se describen a sí mismas como ciencia ciudadana.
Más allá de los múltiples enfoques en los que puede implementarse la ciencia ciudadana, la mayoría de los proyectos desarrollados en las últimas décadas a nivel mundial tienen un enfoque descendente, están dirigidos por científicos profesionales y tienden a concentrarse en actividades de conservación, educación y crowdsourcing o colaboración abierta distribuida (Strasser y Haklay 2018; Irwin 2015; Haklay et al 2021; Haklay 2013). Las iniciativas descendentes privilegian la expertise científica profesional y el conocimiento y limitan la capacidad de las personas no profesionales para abordar injusticias y problemas locales.
En Latinoamérica, por ejemplo, los proyectos e iniciativas que están adquiriendo reconocimiento y notoriedad pública son aquellos dirigidos por científicos profesionales vinculados a instituciones gubernamentales. Investigadores universitarios han debatido la necesidad de desarrollar iniciativas de ciencia ciudadana en sus países y en la región, y varias organizaciones públicas y privadas han apoyado encuentros y colaboraciones internacionales (Invernizzi 2004; Rodríguez, 2019). En 2020, universidades de Argentina, Chile y Perú, en colaboración con organizaciones multilaterales, celebraron (de forma virtual) el Primer Congreso Latinoamericano de Ciencia Ciudadana. La Red Ciencia Ciudadana para la Amazonia, con base en Lima, ha conectado diversas organizaciones y universidades de América Latina y América del Norte para generar y compartir conocimiento, desarrollar soluciones innovadoras y mantener la integridad de los ecosistemas en toda la cuenca. A nivel nacional, universidades e instituciones científicas públicas de países como Colombia (p.ej. Instituto Humboldt, BioDiversidad), México (p.ej. CONABIO) y Costa Rica (p.ej. UCR) han promovido proyectos de conservacionismo y biodiversidad, potenciando algunas de las plataformas digitales desarrolladas en el Norte Global (p. ej. Cornell University Lab of Ornithology, Bioblitz, iNaturalist) para el seguimiento y recuento de la flora y fauna local.